Cajón de recuerdos

Los leones no existen

Tres días rastreando con el 4×4 el Parque Nacional de Etosha en Namibia. Jirafas, cebras, rinocerontes, bufalos, elefantes…. ni rastro de los leones. Y te preguntas ¿realmente existen los leones en África o es una estrategia de marketing para atraer visitantes? Hay quien dice que acaba de cruzarse con ellos, pero cuando llegas un minunto después ya no están. Unos alemanes te narran el encuentro con uno enorme y con melena, aunque no te enseñan ninguna foto que lo acredite…..raro, raro.

Cuando estás a punto de creerte que son una simple leyenda, como la del Yeti o el monstruo del Lago Ness, divisas a lo lejos buitres sobrevolando en círculos y varios coches parados. Una sonrisilla de esperanza asoma, aceleras para no perderte el espectáculo pero no demasiado, no vaya a ser que el ruido espante a las fieras. Mientras te acercas, vas pensando en esos documentales de La 2 que te has tragado antes del viaje y fabulas ya con una manada de felinos devorando una cebra. Anoche les oiste rugir cerca de la tienda de campaña, de modo que no pueden andar muy lejos. La ilusión se rie a carcajadas de ti antes de desaparecer por la ventanilla del todoterreno justo cuando ves a un chacal relamiéndose la sangre de su hocico mientras una recua de buitres esperan su turno.

De acuerdo, admitámoslo: los leones no existen.

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Nostalgia

La añoranza tratando de hilvanar un enredo de ausencia y recuerdos. Nostalgia del viaje, de un instante, de una sensación ya pasada  imposible de revivir pero sí de  evocar, una y otra vez, con los trazos que regalan una fotografía y una memoria sorprendentemente fiel.

Mandalay, Myanmar. Nada especial por hacer. Una calle salpicada de rojo, charcos, barro y una mirada huidiza que, de repente, deja de serlo. Sonrisa silenciosa al otro lado de la cámara.  Un abuelo con falda, con las pupilas destilando orgullo. No quiere interrumpir, que no se rompa la magia.

Rostro Myanmar

Morriña de esa magia.  Anhelo de regresar como bien indica la raíz griega que sufre por no poder hacerlo. El sufrimiento no sirve, mejor mudarlo en impulso para buscar ahora otros destinos donde perseguir más sonrisas.  Y así la melancolía que duele sirve de alimento para nuevas ilusiones.

Sola y, sin embargo, rodeada de gente, de bandejas con huevos, de motos, de gotas tímidas de lluvia,  y  de perros pendencieros. Diciendo adiós con la mano mientras la magia se pierde en brazos por una esquina y te regala una sencilla felicidad capaz de amordazar antiguas zozobras.

Nostalgia.

Myanmar niño y abuelo

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