Hong Kong 2012

Nan Lian Garden en Hong Kong

Hay muchos tipos de viajes, tantos como viajeros. Mas por muy diferentes que sean las travesías, los destinos y las motivaciones, todos, en algún punto del camino, buscamos lo mismo: tranquilidad. Unos necesitan más tiempo que otros, habrá quien la precise para la reflexión y quien simplemente la busque para descansar los pies. Incluso los viajeros más activos se ven en algún momento necesitados de unos instantes para respirar, parar, sentarse a reposar, consultar un mapa, pensar, decidir, leer… Y en ciudades como Hong Kong, donde da miedo cruzar un paso de cebra ante la marabunta de personas que viene hacia ti, es muy difícil encontrar la ansiada tranquilidad.

Difícil pero no imposible. En el interior del centro urbano, entre rascacielos, carreteras y centros comerciales es posible encontrar un lugar ideal para erigirse como descanso del viajero: Nan Lian Garden. Un parque donde esconderse de la vorágine de Hong Kong y sacudirse durante un rato la fiebre consumista que a más de uno ya habrá empezado a hacerle sudar. Y ni siquiera hace falta ni un dolar para perderse en este oasis de paz porque es un parque público y, por lo tanto, gratuito.

Nan Lian Garden es un ejemplo perfecto de que Hong Kong es, sin duda, una región de contrastes. Las torres de apartamentos minúsculos donde habitan miles de personas asoman sin permiso entre la vegetación y parecen actuar de escudo contra el ruido.  Increíblemente allí dentro, a ratos, es posible escuchar el silencio, roto a veces por el fluir del agua, el trino de un pájaro escondido o por la escoba de algún empleado afanándose en limpiar hasta la última mota de polvo.

Todo está pensado para regalarte instantes de tranquilidad. Cada árbol cuidadosamente podado, cada roca colocada a conciencia, cada sendero que serpentea por el suelo, cada salto de agua que te arrulla como una nana… No falta ningún detalle en un conjunto delicioso del que da pena marcharse, una puesta en escena creada siguiendo el estilo clásico de la dinastia china Tang. Y para que nada rompa la armonía del parque hay multitud de personas que se mimetizan con el paisaje para mantener su magia.

Además de serenar el espíritu, puedes también alimentar el cuerpo. Dentro del complejo, hay un restaurante vegetariano agazapado detrás de una cascada y un salón de té escondido al borde de un lago en una especie de templo. Nos hubiera encantado descubrir la tradición milenaria del té pero unos precios algo desorbitados para nuestro bolsillos mochileros nos dejaron con las ganas.

Pero también puedes seguir la pista de su ancestral cultura sin gastar nada. Camina relajadamente hacia el Chi Lin Nunnery conectado con el parque por un puente que, sin que te des ni cuenta, ni pierdas toda la tranquilidad ya ganada, cruza sobre una carretera atestada de tráfico. En este convento de monjas, el silencio se mezcla con el misticismo, se pasea entre nenúfares y flores de loto e irremediablemente te envuelve a los pocos segundos de entrar.

Y poco después ya te habrá seducido el olor de la madera, protagonista indiscutible por encima de estanques, plantas o incluso de los budas que reposan magnánimos entre ofrendas. El convento es como un inmenso puzzle de miles de piezas de madera encajadas entre sí de manera artesanal sin que ni un solo clavo las atraviese. La construcción, la limpieza de la madera destila elegancia, serenidad.

Desde luego, es un lugar perfecto para erigirse como descanso del viajero. Y si tanta tranquilidad empieza a desesperarte, no te preocupes solo tienes que cruzar la puerta de salida del parque  para zambullirte de nuevo en una de las señas de identidad de Hong Kong, sus centros comerciales. Imposible más contraste.

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