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Un glaciar bajo los pies

Cruje, a cada paso, el hielo cruje.

Las cuchillas de los crampones se clavan con fuerza, aunque apenas lastiman a ese gigante helado. Y tú sientes todo un glaciar vivo bajo tus pies. En algunos tramos puedes escuchar el sonido del agua fluyendo con fuerza justo debajo de ti.

Sensación de inseguridad, de  respeto, de miedo, por qué no reconocerlo, miedo a que de repente esa grieta que estás saltando se abra, a que el hielo ceda, a caer. Pero eso no ocurre y el miedo deja paso a la adrenalina que se desata nerviosa por dentro, a la fascinación de estar pisando un hielo milenario.

Tu vista se pasea incrédula de un lado a otro, de la gran lengua de hielo que parece precipitarse sin remedio hacia ti, a los diferentes tonos de blanco y azul que descubres por primera vez. Entonces quieres más, quieres aprender rápido a manejarte con los crampones, quieres avanzar desafiante hacia esa lengua helada, sentir como respira, descubrir grietas, mirar dentro de ellas… Así, el taimado aventurero que llevas dentro se deshace de la inseguridad y sale fuera para disfrutar, con los cinco sentidos, del glaciar que hay bajo sus pies.

No es fácil llegar hasta allí. El glaciar Root no es precisamente muy accesible. Se encuentra en Alaska, dentro del Parque Nacional Wrangell-St. Elias, el más grande de todo Estados Unidos, seis veces mayor que Yellowstone, por ejemplo. Conduciendo, has de superar la injustamente temida McCarthy road, una carretera que une Chitina con el pintoresco pueblo minero de McCarthy (más adelante escribiremos un post de esta zona). Desde allí, puedes coger un transfer que, por cinco dólares, completa cómodamente los ocho kilómetros de distancia hasta las antiguas minas de cobre de Kennicott o poner en marcha tus pies para llegar andando. Un trekking bonito, sin duda, pero recuerda que te espera una ruta encima de un glaciar. Pero claro de eso nos dimos cuenta después.

Una vez en las antiguas minas de Kennicott, un pequeño descanso para recuperar la energía con las vistas, a lo lejos, de las imponentes Chugach Mountains. Desde luego, este poblado fantasma, lleno de raíles y vagonetas oxidados, edificios de madera a punto del derrumbe y vestigios de una época dorada sepultados bajo tablones rojizos, merece mucha más atención.

Pero todavía quedan otros tres kilómetros a pie, ya en compañía del guía, hasta la entrada al glaciar. Si la “suerte” está de tu lado, puede que te cruces con alguno de los osos que merodean por la zona. Frente al hielo, montículos de tierra parecen frenar el avance del glaciar. Sin embargo, el glaciar no avanza, sino que está retrocediendo y todos esos montículos de detritos no son sino un disfraz debajo del que todavía hay un glaciar vivo que trata de sobrevivir al cambio climático. Y el último tramo del camino discurre sinuoso junto a esa agonía de la naturaleza.
A partir de ahí, solo hielo y más hielo bajo tus pies. Poco a poco, vas descubriendo los secretos que, desde lejos, no imaginabas encontrar. Asistes con ilusión al descubrimiento de pequeños lagos de un azul brillante y te asomas con cautela a agujeros cuyo fondo es imposible adivinar. Caminas bajo una fina cascada que se ha abierto un surco y parece susurrar con timidez al deslizarse por el hielo. Tus crampones sortean grietas en la superficie, violentas cicatrices que dibujan el rostro de este anciano glaciar. Te encuentras con paredes verticales que se pueden escalar armado con arnés, cuerda y piolet. Y no te cansas nunca.
Así era el glaciar Root en junio de 2010. Seguramente, ahora sea muy diferente porque como todo ser vivo también está en continuo cambio. Y ésa es, sin duda, la esencia de su magia. Quizá ya no exista aquel lago y las grietas hayan ensanchado hasta hacer imposible el paso de un lado al otro. Podría volver y que fuera todavía más fascinante. Sin embargo, dudo que encontrara de nuevo la emoción virgen de aquel día, la inocencia con que mis ojos se abrieron al paisaje por primera vez, la sensaciones recién estrenadas que hicieron que haber tenido un glaciar bajo los pies fuera la experiencia más intensamente disfrutada hasta entonces.
Galería de imágenes:

Algunos datos prácticos:

Cuándo ir:

Lógicamente el invierno de Alaska es muy duro. La caminata sobre un glaciar solo es posible desde finales de mayo a principios de septiembre cuando la zona de ablación está libre de nieve y se puede acceder.

Dónde dormir:

Si viajas en caravana y te arriesgas a llegar con ella hasta allí (es prácticamente imposible encontrar una compañía cuyo seguro te cubra circular por McCarthy Road) puedes pernoctar en el camping que hay al final de la carretera por 20$ la noche. Es muy básico, unas mesas de picnic, una zona para hacer fuego, un depósito de agua y nada más, pero está en la orilla del río y tiene unas vistas espectaculares.

Si llegas en avioneta, tienes varias opciones de varios precios tanto en McCarthy como en Kennicott.

Actividades:

El hiking en el glaciar lo hicimos con la empresa Kennicott Wildernes Guides. Dura entre cuatro y cinco horas, incluye guía especializado y el material técnico pero tienes que llevarte tu propia comida. Lo mejor es que no necesitas experiencia. Cuesta 60$ por persona pero si vas a hacer más actividades en Alaska te puede compensar comprar el Tour Saver (99$), un libro de cupones de descuento con el que obtendrás un 2×1 en multitud de cosas.

Imprescindible:

No vayas muy cargado para no cansarte en exceso. No te olvides agua para hidratarte por el camino y algo de comida energética para repostar sentado en el hielo del glaciar. El tiempo cambia allí rápidamente y no es extraño que te sorprenda la lluvia, así que lleva un buen impermeable, transpirable a poder ser y, por supuesto, ropa de abrigo en capas, estás en la montaña El calzado también es muy importante, nosotros llevábamos unas buenas botas de montaña de gore-tex.

Cuidado con:

Un glaciar no es un parque temático. Debes ser muy cauteloso y escuchar con atención todas las indicaciones del guía porque tu seguridad va en ello. Ah, estás en territorio de osos…

Se quedó por hacer:

Uff…. sobrevolar el parque en avioneta, pernoctar en el propio glaciar, hacer escalada en hielo… sigo?

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Un águila para desayunar

Ocho de la mañana.

Alguien toca a la puerta de nuestra caravana donde acabábamos de pasar la primera noche sobre ruedas en Alaska. Extrañados, recién levantados, parece que nos resistiéramos a contestar. Llaman de nuevo con más insistencia. Al abrir la puertezuela, Bill pregunta por Bruno añadiendo: “Tengo una sorpresa. Un águila para desayunar”. A Bill, un simpático jubilado de Texas, le habíamos conocido la tarde antes, frente a la bahía, en el camping de Seward. Nosotros, novatos en el mundo de las caravanas, tratábamos de nivelar aquella enorme casa rodante. Él, encantador, nos echó no una, sino un montón de manos y hasta nos llevó en su coche al sitio más económico donde comprar leña, una parrilla, cervezas…

Y ahí estaba Bill esa mañana de junio de 2010,  vestido con un bata encima del pijama y con  unas zapatillas de estar en casa (=caravana) deseando enseñarle a Bruno un bonito ejemplar de águila calva que desayunaba tranquila posada en un poste. Y allí que se fueron los dos con sus prismáticos, a reunirse a otro amigo y contemplar sin prisas al ave rapaz.

Yo, observaba la escena sin atreverme a participar. No sólo porque Bill no me hubiera invitado, sino porque no quería romper la magia de ese momento tan especial. Además, desde mi punto de vista, ese extraño trío o cuarteto, si contamos al águila que, ajena al interés suscitado, desayunaba tan tranquila, resultaba de lo más divertido.

Aquí os dejo documento gráfico para que juzguéis vosotros si era así o no.

Categorías: Alaska 2010, Cajón de recuerdos | Etiquetas: , | 3 comentarios

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