Publicaciones etiquetadas con: Filipinas

En ruta a Port Barton

La aventura de improvisar en Filipinas

La improvisación es, a nuestro modo de ver, uno de los mejores compañeros de ruta en el viaje. Si a eso le sumas dos hermanas viajeras y mala suerte con el transporte, el resultado es un divertido día a lo Pekin Express.

Después de cuatro lluviosas noches en el paraíso nublado de El Nido, decidimos al despertar partir hacia la vecina Port Barton en busca del ansiado sol. Idoia y Maite, con quienes compartimos risas y cafés aguados durante unos días, nos acompañaron. Improvisar en Filipinas no es tarea fácil. Primero nos costó conseguir plaza en el bus de la empresa Roro Bus hacia Roxas. Apretando el culete y botando sin parar por un carretera de tierra tortuoso tras unas horas llegamos al destino donde coger un jeepney directo a Port Barton. Error. Solo hay un jeepney diario y ya había partido. Intentamos sin éxito buscar un transporte alternativo que nos llevara sin vaciarnos los bolsillos. No nos quedó otra que volver al autobús para que nos dejara, previo pago de un dinero extra (ilusos, creíamos que no nos cobrarían), poco más adelante en San José, justo en el cruce con el camino a Port Barton.

Y allí nos dejó.

Y en aquel cruce, donde no había más que un apeadero, tuvimos que esperar un largo rato mientras nos echábamos al estómago unos tristes noodles instantáneos. Teníamos al lado a dos conductores de trycicle con los que intentamos negociar en vano un precio ajustado por el trayecto. Nosotros, armados de paciencia y cabezonería, decidimos esperar a que bajaran el precio. Error, de nuevo. El precio no bajaba sino que subía  y, además, acompañado de unas curiosas risas. Lógico, no había ni bus ni jeepney hacia Port Barton por lo que sabían que eran nuestra única opción. Además el camino era de una hora y media por un camino lleno de baches, curvas y algo embarrado por la lluvia de los días anteriores. Así que, desde luego, no estaban dispuestos a moverse por menos.

 Esperamos, intentamos hacer autostop, nos hicimos los interesantes, preguntamos a alguna furgoneta y todo ante la mirada guasona de los conductores. Mayte y yo decidimos echar a andar en busca de no sabíamos qué. Y ante nosotras apareció un todo terreno aparcado no muy lejos, robusto y mucho más cómodo que los trycicle. Una sonrisa alegró nuestras caras ya algo desesperadas.

Conseguir el coche nos costó una negociación de lo más surrealista: el dueño del vehículo  pensando en modo off durante minutos. los chicos de los trycicles tratando de rompernos el trato… Pero lo conseguimos y cargamos los macutos en el techo del todoterreno.

Enseguida comprendimos porque el dueño se lo pensaba tanto. No estaba calculando si le salía rentable el trayecto, sino si el coche llegaría hasta Port Barton. Debía llevar años sin arrancarlo, porque estaba allí aparcado más bien a modo de trastero. En lugar de asientos traseros pusieron un tabla, hubo que limpiarlo de telarañas, hacer un puente para arrancarlo… en fin, a veces, una imagen vale más que mil palabras.

Si la negociación fue surrealista el trayecto todavía más. En el techo del coche viajaban dos chavales no sabemos muy bien por qué. Quizá para empujar por si nos quedábamos en el camino… Sus pies colgando al otro lado de la ventana se han quedado grabados en mi retina.

Pronto empezó a llover al modo de Filipinas. Así que paramos para bajar los macutos y evitar que se mojaran. Error, otra vez más. Terminarían mojándose también a pesar de ir a presión encima de nosotras. También se mojaron nuestro maltrechos culetes porque, por supuesto, no había ventanilla trasera. Pero lo mejor fue cuando los dos acompañantes del techo se montaron delante donde ya iban Bruno y el conductor. Y así, con cuatro hombretones sentados delante, sujetando las puertas entreabiertas con las manos, sin espacio para mover ni una pestaña, proseguimos el camino sin dejar de diluviar, ni de darnos golpes por todas partes.

Siete adultos, más cuatro macutos y tres mochilas pequeñas, llegamos a Port Barton increíblemente sanos y salvos. Allí, por supuesto, seguía lloviendo y el sol que perseguíamos no quiso aparecer.

Otro paraíso filipino pasado por agua.

Categorías: Filipinas 2012 | Etiquetas: , | 17 comentarios

Atardeceres en el mundo

Si tuviera que elegir un momento del día sería el atardecer.

La luz se convierte en protagonista, domina el cielo y disfraza el horizonte con colores no solo imposibles sino también fugaces. Muere el día. Y esa pequeña muerte diaria suele dejar una brizna de nostalgia en el ánimo de quien la contempla. Quizá por ello hay atardeceres que son difíciles de olvidar, que acuden a veces a la mente sin querer, cuyo recuerdo nos transporta de manera inmediata al lugar del mundo donde lo vimos.

Aquí os dejamos algunas de las puestas de sol que se pasean de vez en cuando por nuestra memoria:

Botswana:

Cualquiera que haya viajado por África coincidirá con que es un paraíso de los atardeceres. Tiene una luz especial. Así lo demuestra esta foto tomada en la Reserva Natural de Moremi en Botswana, donde una diligente jirafa accedió a prestarse como modelo.

Un sol deslumbrante se despedía de nosotros minutos antes de esconderse en el Parque Nacional de Chobe. Desde la barca que nos devolvía a Kasane contemplamos el espectáculo rodeados de elefantes e hipopótamos.

Namibia:

El Parque Nacional de Etosha es un lugar perfecto para ir de safari con tu propio 4×4. Lo malo es que, por seguridad, los campings que hay dentro del parque cierran sus puertas justo cuando cae el sol. Un par de minutos antes pudimos disfrutar esta vista.

Filipinas:

Casi todos los días, las islas paradisíacas de Filipinas nos regalaban un atardecer especial. Pero el más bonito de todos, sin duda, fue el que presenciamos en Siquijor. No sé muy bien si lo recordamos con tanto cariño por los colores con que se maquilló el horizonte o por la buena compañía con la que lo disfrutamos.

Alaska:

Durante más de tres semanas, nunca vimos la luna en Alaska. Misión difícil si viajas en junio cuando hay casi 24 horas de luz. Aun así, ya nuestra segunda madrugada nos deleitamos la vista con el Sol de Medianoche, como esté de Seward, lo más parecido a un atardecer.

Nueva York:

No solo los últimos rayos de sol pintan los paisajes, también se esmeran, y mucho, en las ciudades. Desde un velero, vimos una de las puestas de sol más bonitas que recordamos. Toda una experiencia que recomendamos para descubrir Nueva York desde otro punto de vista.

Hong Kong:

Otro ejemplo de que en las grandes ciudades también se pueden disfrutar los últimos momentos del día fue Hong Kong. En la bahía Victoria, junto al puerto más grande de toda Asia, se escondía el sol amparado por los rascacielos.

Costa Rica:

No éramos los únicos aquella tarde contemplando la puesta de sol en el Lago Arenal, justo al lado del inmenso volcán activo que lleva el mismo nombre. Decenas de personas acuden allí con sus sillas y cervezas  para asistir al espectáculo.

Hay muchos más atardeceres que quisiéramos compartir pero cuyas instantáneas hemos perdido por el camino. Roma o Egipto, por ejemplo, tienen también un lugar especial en cajón de nuestras puestas de sol. ¿Cuáles son las tuyas?

Categorías: Cajón desastre | Etiquetas: , , , , , , , , | 18 comentarios

Blog de WordPress.com.